POR LUIS LIZAMA 


El deporte como lo conocemos hoy, no es más que el resultado de grandes jugadas y movimientos que encontraron en la actividad física una mina de oro. Desde la creación de ADIDAS hasta la elección de Infantino en la FIFA, todo gira en torno a un solo objetivo: dinero.

Es muy probable que para la mayoría de quienes conviven diariamente con el deporte no conozcan el Dasslerismo, pues la idea siempre fue mantenerlo en secreto. A pesar de ser más peligroso que varias ideologías políticas. Sin embargo, la olla rebalsó y no pudieron seguir comprimiéndola.

¿Cómo no iba a ser así? Si el ente rector del deporte más practicado en el mundo se embolsa más de mil millones de pesos por año, y sólo contando los ingresos de la Copa del Mundo. Es imposible evitar los cuervos rondando el papel verde.

Horst Dassler, hijo del fundador de ADIDAS Adi Dassler, muchas veces señalado como el dictador de la FIFA, se encargó de formar a quienes han llevado al deporte mundial donde está. Primero fue Joao Havelange, luego Joseph Blatter y en paralelo Juan Antonio Samaranch, entre otros. Los dos primeros en la FIFA y Samaranch en el Comité Olímpico Internacional. Así desplegó su mafia en el mundo del deporte. Con sobornos, evasión de impuestos, espionaje y relaciones de las que el mismísimo Don Corleone se avergonzaría.

El hombre que formó a la camada más sucia del fútbol dejó de existir en la década del 80, pero su legado sigue hasta hoy. Gianni Infantino, para variar, proviene de los Alpes Suizos, igual que Blatter, quien se encargó de que el legado Dassler prosiguiera en el mandato del nuevo presidente. Ya han pasado casi 30 años de la muerte del sugardaddy del deporte y aún nos pena.

Hoy en día, para nadie es una sorpresa que la FIFA sea lo más cercano a una mafia. Más aun aquí en Chile, donde Sergio Jadue trató de emular al propio Blatter pero fracasó de manera rotunda. Obviamente eso no le impidió enriquecerse ni generar redes en la CONMEBOL, pero aún así, sigue estando a años luz de los verdaderos gánster del deporte.

Toda esa generación de políticos del deporte se encargó incluso de darse el lujo de llevar a la FIFA hacia la quiebra, hacerse multimillonarios y armar una red tan enmarañada que ni siquiera Dios podría entrar. Pero el juego siempre es el juego. A pesar de las asquerosidades que lo rodean, todavía no pierde su magia. Por eso la gente lo ama. Porque sólo se necesita un balón, incluso de papel. Porque el fútbol todavía vive, en cada pichanga de barrio y en cada pasaje de alguna población.

Vive en las lágrimas de Buffon, tras caer en penales ante Alemania. En Francesco Totti, que ha jugado toda su vida en la Roma. Vive en cada hincha que junta la plata para ir al estadio, y no para contratar CDF. Vive en –como dicen Los Miserables- el eterno corazón de tus amores. El eterno corazón que se incendia con el pitazo inicial y destruye al Dasslerismo.