(Escrito a dos horas del partido Chile-Uruguay, 15/11/2016)

Imaginemos la siguiente situación. Un vendedor de una tienda, supongamos de ropa, da un precio equivocado a un cliente, quien, ilusionado por la esperada oferta, se encuentra de pronto, luego de la fila de diez minutos que acaba de hacer, con que el artículo que lleva en la mano y por el cual decidió gastar su tiempo y poner sus expectativas valía el doble de lo que le habían comunicado. Supongamos que este cliente no se caracteriza por su comprensión y amabilidad, o que está en un momento tenso de su vida (no es una muestra muy difícil de conseguir en el gran Santiago). El comprador vocifera, se enoja, exige una reparación; el vendedor intenta calmarlo, mientras los otros personajes de la fila aportan calor a la discusión. Luego viene el jefe de tienda y el asunto, no sin varios roces de por medio, se soluciona. El vendedor, con la cara roja y un hastío de la puta madre, vuelve a su puesto. El jefe lo reta. Algunas personas son indulgentes con él, otras lo miran con soterrada desaprobación.

Imaginemos ahora un periodista, que da un golpe noticioso en la reunión editorial. El diario quiere destacarse y lo pone en portada. Luego, dan con que la fuente era falsa. Esta persona, una vez enterada, vuelve a su oficina con el nudo de la corbata más apretado que nunca, preso de la angustia. Sus colegas lo miran, algunos lo apoyan, otros piensan que es un estúpido, tal vez alguien le dice lo que piensa. ¿Y el editor? Sepa Dios qué hará en tal situación. Y al día siguiente retractarse públicamente y perder credibilidad, esa ansiada y etérea musa inspiradora…

Ahora un obrero, que yerra en la medida de cemento y agua. O el ingeniero, que hizo mal un cálculo. El alumno, que contestó la más difícil y se equivocó en la más fácil. El profesor, que un día perdió los estribos e insultó a un apoderado…

En fin, ejemplos son infinitos. En todos ellos, cada trabajador tuvo que pasar por un momento desagradable por su equivocación. Ese período de tiempo en el cual es sometido al escrutinio y juicio público, de sus pares, clientes, jefatura, en fin, gente que tiene un grado de influencia sobre su vida, principalmente sobre cómo será evaluado no sólo en su desempeño laboral, sino que también como persona, puesto que –aunque en teoría no debiera- evidentemente lo personal de lo laboral es tan sólo una separación ficticia, un intento de frontera finalmente porosa, llena de salidas secretas, jamás infalible… en fin, como toda frontera.

Podríamos entonces decir que uno de los aspectos que más suma presión y tensión en el trabajo –así como placer en su vereda opuesta- es el impacto que nuestro desenvolvimiento genera en los otros (nada de raro, después de todos somos seres humanos…). Así, a mayor el impacto, mayor la presión que sentiremos. En los trabajos, digamos, normales (aquellos en que se emplea el 80% de la población), suele ocurrir que un error derivará en un juicio directo hacia nuestra persona en unas… ¿dos, tres, cinco, diez personas como máximo? Y además, el tiempo en el que la falta persistirá con su molesto recuerdo, podrán ser, digamos… ¿uno, dos años? ¿meses, semanas, algunos días?
Pues bien, el fútbol es en ese sentido un trabajo excepcional ejecutado por personas como nosotros. Podrán ser excepcionales en sus capacidades físicas, tácticas, técnicas; en perseverancia, tal vez. Pero como nosotros, en lo que respecta a su emocionalidad, sus necesidades humanas, sus expectativas y sueños (y es posible afirmar que muchos de ellos tuvieron menos tiempos que tantos otros de hacerse cargo de esta parte…)

¿Y a cuántas personas afectan –súmele la importantísima variable en vivo y en directo- el desempeño laboral de estos profesionales? ¿Cuántos años deben pasar para que queden en el olvido alguno de sus errores? Sino pregúntenle a Cazsely, o al desahuciado Barbosa, arquero que disputó con Brasil la final que perdió el gigante en su propio país, inesperadamente, frente a Uruguay, el 2 a 1 de estos últimos, con la complicidad total del arquero, condenado al desprecio y olvido por millones de compatriotas hasta el fin de sus días (si no me cree, vea el documental que le hizo su hija, intentando reparar su nombre).

Considerando lo anterior: ¿Se imagina usted martillando un clavo, mientras millones de televidentes nerviosos hasta la madre lo observan, depositando sobre sus hombros quién sabe cuántas emociones y sentimientos desatados, apuestas, expectativas, furias y tristezas personales? ¿Se imagina redactando un artículo, mientras unos cuántos miles, alrededor suyo, gritan y vociferan a todo pulmón, con el corazón a punto de reventar? ¿Se imagina haciendo un dibujo, y que al día siguiente aparezca en las portadas de todos los diarios, que no se hable de otra cosa por semanas y semanas, tal vez meses, tal vez años? ¿Se imagina, en fin, en una actividad donde simultáneamente lo observan millones por T.V. y miles en vivo y en directo, influyendo en el estado anímico de países enteros, según su desempeño laboral?

Una vez hecho esto, pregúntese con honestidad, haga un paralelo entre su escenario laboral, las veces que ha metido la pata, la angustia, ansiedad o frustración que sintió cuando cometió un error y la inseguridad de volver a cometerlo y querer borrarlo; ahora, multiplíquelo por millones, y tendrá más o menos lo que vive cada jugador dentro de la cancha.

Así que, le pido encarecidamente, interróguese antes de lanzar la primera piedra contra Alexis, Medel, Bravo o cualquier seleccionado nacional. Porque ni toda la plata del mundo cambian el hecho de la hiper exposición absolutamente atípica de este trabajo. Ni de que usted, sí, usted, sin darse cuenta, está depositando gran parte de nada menos que sus expectativas anímicas en lo que estos jugadores hagan o dejen de hacer. ¿Realmente le parece justo estar detrás del televisor o en el estadio, haciendo responsable a cabros de entre veinte y treinta años de sus alegrías, penas, frustraciones y expectativas? Porque una cosa es que a usted, hincha, le afecte así y es parte de la magia del fútbol y del fervor del momento. Pero otra cosa es descargarse con ellos, cuando son sólo una parte del espectáculo. Madurar, de hecho, es precisamente retomar la perspectiva.

Ellos sólo están jugando fútbol, haciendo su trabajo. Y lo pueden hacer mal o lo pueden hacer bien. El resto, lo ponemos nosotros. Por lo tanto, es ético, es ecológico, que cada cual se haga cargo de sus propios desbordes emocionales…

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