Nos fuimos al paro por las clasificatorias con la promesa de que los días servirían para trabajar tranquilamente la nueva idea de juego. El cuerpo técnico pidió ser juzgado ahora, cuando hubieran tenido tiempo para plasmar un real cambio. Y sin embargo todo sigue igual.

O no tan igual, porque se ven ciertos cambios; ya no se ataca como si el mundo dependiera de ello, se privilegia el orden defensivo y la consigna parece ser asegurar a toda costa la posesión, aunque esto termine en una rotación constante por el medio campo que casi siempre se rompe con un pelotazo largo que no representa mayor riesgo para el rival. Aparte de eso, el equipo sigue dando la imagen de estar muerto por varios pasajes.

Y es que lo único que pedíamos (y esperábamos) de Víctor Hugo y Musrri solo duró Dos partidos, perdiéndose en algún momento entre la tanda de penales contra Iquique y el camino hacia el Monumental. El cambio de actitud fue eso: Dos partidos en que el hincha encontró vestigios de la mística azul en el sufrimiento y real desgaste que vimos en las victorias ante palestino y los del norte. De ahí en más parece que a muchos les falta un poco sangre.

Lo peor es que el problema es clarísimo y todos los dardos de los hinchas apuntan en esa dirección. Las bandejas de huevo contra el bus y el lienzo que pedía mojar la camiseta son muestra de aquello. Todo claro y aun así el aburridísimo empate contra O´Higgins pareció mas una pichanga entre amigos que un encuentro de profesionales.

O puede que por ahí vaya el asunto, demasiado profesionalismo en un club que se sustenta en la entrega que los fanáticos pedimos. Un club que ha visto sus pocas épocas gloriosas nacer siempre de jugadores completamente identificados con los colores, y con extranjeros que se enamoraron y juraron volver porque saben que aquí no se piden títulos, solo entrega.

Se entiende que el técnico defienda a sus pupilos ante las recriminaciones de poca entrega, pero la excusa no debería ser que “muchos se están adecuando a lo que es estar en la U”. Más que no deber ser, no puede ser esa la excusa.

No puede ser una excusa cuando el recuento de nombres nos habla de un montón de jugadores de respetable cartel que han pasado sin ninguna relevancia en los últimos años. No puede ser la excusa si la estratosférica inversión fue precisamente para obtener rendimientos inmediatos con jugadores probados.

Y menos se puede basar en eso la defensa cuando pasamos la peor vergüenza en años contra el archirrival, porque personalmente yo jamás había visto una U trotando en Macul, ni siquiera en los peores momentos.

¿Entonces por donde va la explicación? Si Lasarte se fue con un pésimo rendimiento luego de ser campeón. Si Beccacece trabajaba bien según todos quienes lo veían, y su trabajo jamás consiguió resultados. Y si la dupla de históricos ha centrado su discurso en la actitud. El camino se desvía hacia los futbolistas.

Pero hay que insistir en que la culpa no es de ellos. No se le puede pedir eso que falta a un jugador que está centrado en cumplir su labor profesional, sin mayor interés en el club. No, el problema está en la difusa política de contrataciones.

Desde la salida de Corujo y Guzman, que basaban su juego en los huevos que hoy no se ven. La contratación por 2 millones de dólares de un jugador que viene a la baja y que además grito con todo el gol que nos convirtió vistiendo de blanco. Y la llegada de un argentino con calidad de sobra, pero que con 33 años salió del club de sus amores para tener un último buen contrato.

Y aunque esta visión se aleje del estado actual del futbol donde manda la billetera, deben saber que para el hincha de la U el amor por la camiseta siempre estará primero y se valorara antes que los lujos, los goles o los trofeos. Y mientras la dirigencia no vuelva a tomar en cuenta eso pueden traer al técnico que quieran, pero los jugadores que han elegido seguirán sin mojarla.

Comentarios

comentarios