por Francesco Bozo

El sobrenombre Cua Cua es un derivado del apodo de Enrique Hormazábal: Cuarenta centavos. Después de cambiarse de casa en su niñez, Enrique echaba de menos a sus amigos con quien jugaba a la pelota por lo que volvía a su barrio a “pichanguear”. A la vuelta les pedía 40 centavos a sus mismos amigos para el trole que lo llevara devuelta a su casa. Ahí lo apodaron Cuarenta. Pasando día y noche pateando la pelota de trapo que él mismo hacía.

Un chico que nació el 6 de enero de 1931 tuvo que dejar los estudios a muy temprana edad para dedicarse a trabajar con el fin de ayudar a sostener una familia de 6 hermanos. A pesar de eso el fútbol siempre estaba presente, donde jugaba los domingos el club amateur Viscaya. El uso de botines de fútbol fue un cambio drástico para Enrique. Jugó toda su infancia descalzo y sentía que los botines lo encarcelaban, pero no fue capaz de perder su picardía con la pelota porque cada vez que tenía contacto con ella la pelota terminaba en el fondo de las redes. Un día mientras jugaba en la calle con su padre, una cierta persona llamada Humberto Agüero quedó tan sorprendido por la habilidad que tenía el pequeño que le ofreció un contrato profesional para jugar por Santiago Morning. Con tan solo 17 años debuta en el profesionalismo para que dos años después hiciera lo mismo con la Roja en un encuentro contra Bolivia anotando un gol.

Ídolo máximo en Colo-Colo. Se tenía mucha confianza en su habilidad para poner la pelota donde quisiera que fuera, la misma confianza que lo llevó a ser el tercer goleador histórico mediante penales en Primera. Chita Cruz recuerda una vez que jugando por Santiago Morning se enfrentó en una definición a penales contra el Colo Colo de Cua Cua: “Nosotros teníamos a Alberto Espósito de arquero y el Enrique sin pudor le decía ‘allá te la voy a tirar’ y, sabiendo el otro dónde le iba a tirar la pelota, le metía el gol igual”.

“Chamaco” Valdés se podía parecer en los pases y en los tiros, pero en la rudeza no tenía comparación. Defendía a sus compañeros en todo momento en la cancha, si llegaba a pasar algo el mismo Cua Cua les echaba la caballería encima y sin tener una altura que vale la pena destacar, no se echaba atrás “métele no más, cualquier cosa estoy yo” decía. Incluso él mismo decía en las entrevistas que contaba las veces que le hacían faltas “llevas uno… llevas dos… a la tercera empiezo a pegar yo”. Pero esta actitud de confianza y rudeza, como cuenta su hijo, solo era dentro de la cancha ya que “Fuera de ella no le gustaba hablar de él, era tímido. Me acuerdo que una vez participó en una publicidad de ‘Los grandes ídolos consumen Milo’. Fuimos a Chile Films y fue un caos, se sentía muy incómodo. Con los focos se sentía mucho calor, transpiraba, estaba desesperado, no era su tema”, asegura.

Seis años después de debutar en primera, Hormazábal llegó a Colo-Colo ya como el gran “8” que era. La hinchada cayó a sus pies de manera casi inmediata. Sus pases, sus goles, su guapeza en el terreno llevó a Colo-Colo a ganar los títulos de los años 1956, 1960 y 1963 respectivamente. Pero no solo los títulos enamoraron a la hinchada. Cua Cua solo fallaba los penales en los entrenamientos del equipo. ¿Por qué? ¿Cómo un jugador de esa clase podía perder de tan grosera manera en un entrenamiento aquellos penales? Simple; así podía regalarle las pelotas a los pequeños hinchas que se le acercaban para pedirle la redonda. Como no la podía regalar así no más les decía a los pequeños que se pusieran detrás de la reja del arco donde iba a patear los penales. El penal iba por sobre la reja y a la calle. Los niños se iban felices con su regalo.

Volvamos a los títulos. El título del 63´fue por lejos el mejor campeonato de tanto Colo-Colo como de Enrique. Campeón con 103 goles en 34 partidos. En la revista Estadio siguiente del logro del campeonato  hubo un editorial de dos páginas dedicada a Cua Cua. “Cuando uno está en un error, lo honesto es reconocerlo. Y nosotros estábamos en un profundo error con respecto a Hormazábal. Lo habíamos supuesto desde hace tiempo, lamentablemente, terminado para el fútbol. Lo teníamos por un hombre sin voluntad, arrastrado a los excesos, apegado a un medio que lo iba precipitando en el barranco. Pero, poco a poco, el 8 albo había ido recuperando formas. Primero fue asunto de jugar como él sabe hacerlo, unos 10 minutos por partido. Después fue media hora; más tarde un tiempo. En el campeonato de 1963, fue todo el encuentro”

Por la selección tuvo un episodio negro. El DT Fernando Riera lo dejó afuera del mundial del 62´. Constantes atrasos, las medias bajas y las bromas constantes en el camarín terminaron por dejarlo fuera de la nómina para el mundial. Muchos jugadores aseguran que, de haber contado con él, habrían ganado la copa. Pero la indisciplina y su gusto por la cerveza lo llevaron a pesar 82 kilos, muy lejos de un estado físico que se requiere para ser un futbolista de alto rendimiento. Hormazábal se lamentaba y veía que así, su carrera no duraría mucho.

“Insider hábil, técnico, aplomado, desenfadado. Sin miedo a nada, no se achica ante los pergaminos de los adversarios ni ante la reciedumbre de los que quieren imponer la detestable ley de los fuertes. En todos los momentos, aun en aquellos de emergencia y bandera roja, se muestra sereno para afrontar las dificultades. Domina y controla las dos piernas, como si las dos fueran derechas. Diestro, tenaz y tranquilo. Y, además, en el momento oportuno sabe irse adelante, aprovechar la oportunidad de rebasar a la defensa o para disparar si ve el blanco en las redes”. Todo esto se lo dio la sencillez de una pelota de trapo y cuarenta centavos

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